La visita del Papa Francisco y el desmantelamiento del
Estado Laico.
Por Eric List
Es complejo opinar, no siendo católico en un país mayoritariamente
católico, sobre la visita del Papa. No quiero caer en la equívoca sensación,
generada en las redes sociales, de que hay un gran movimiento que se opone o es
crítico a esta visita. Las redes sociales son una ilusión, de ninguna manera
representan, como a menudo quieren hacernos creer, a la sociedad civil. Nuestro
país es intensamente católico. No voy, por lo tanto a fingir demencia, y pensar
que la visita del Sumo Pontífice, no es significativa, grata y hasta motivo de
consuelo para mucha gente buena del país. En cambio si voy a criticar la
hipocresía política que rodea a esta visita.
Los políticos mexicanos, de todas las tendencias, están
demostrando un intenso desprecio por la institucionalidad ante la visita del
Papa Francisco. Éste de entrada no está visitando el país como un Jefe de
Estado, sino que viene en una visita supuestamente pastoral. Sin embargo, el Presidente
de la República va a recibirlo en el aeropuerto y pretende, después, una
ceremonia con el Papa en Palacio Nacional. La primera Dama se ostenta como la
organizadora de homenajes discográficos, con los artistas de Televisa, para el más
alto prelado de la Iglesia de Roma. Cuando termine la visita “pastoral” del
Papa, el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, habrá entregado las llaves de
la Metropolis a “su Santidad”; los diputados de todas las fracciones, que le
extendieron una invitación a la Cámara de Representantes de la Nación, habrán
dado a un líder religioso un trato que no le dispensarían a otros líderes
religiosos, políticos o sociales; los Gobernadores de los Estados por donde el jerarca
religioso va a pasar, habrán derramado recursos de este país en crisis, para
generar un camino escenográfico para el paso del famoso “papamóvil”.
Todo esto nos habla de desintegración institucional. Los
políticos se olvidan que este es un Estado Laico. Dentro de esto, cierran los
ojos al costo humano que ha pagado el país por lograr esta simple, pero básica característica
de la civilidad.
Hay que recordar qué es un Estado Laico. De entrada es un
sistema que no es anti religioso. Mucha gente se sorprendería en México al
descubrir que “laico” no quiere decir “anticlerical”. Ser “laico” simplemente
significa no pertenecer a la estructura institucional de alguna denominación
religiosa. Laicos en nuestra sociedad somos todos, salvo los curas, las monjas,
los obispos, cardenales, rabinos, pastores protestantes, etc. Dentro de esto
hay que aclarar que la mayor parte de los “laicos” en esta sociedad profesan
alguna religión. Hay laicos católicos, protestantes, judíos, budistas,
musulmanes y ateos. La religiosidad, que es muy respetable, nos separa en grupos
diferentes; la laicidad nos iguala.
En una República democrática, como debería ser México, la
ley se ha formulado para que todos los ciudadanos seamos iguales ante el
sistema. Un católico no debe tener más derechos dentro del Estado, que un
protestante, un judío, un ateo o cualquier miembro de un culto o creencia
diferente. El Estado nos da,
supuestamente, igual ciudadanía. Lejos de ser, como algunos afirman, un terreno
para la persecución religiosa, la laicidad es la que asegura (por eso nació),
que no exista ese horror que tantos muertos ha causado a lo largo de la historia.
Actualmente la mayor parte de los países son laicos. Sin
embargo hay una tendencia regresiva en muchos puntos de la geografía planetaria,
a su contrario: la teocracia. Así, como un ejemplo, algunos Estados del Medio
Oriente y Asia han generado recientemente Estados Islámicos, donde tan solo
unos años antes había Estados Laicos. En éstos, ser Cristiano implica una
ciudadanía de segunda. Simplemente no existe un derecho igual para todos los
habitantes de esos países, y en cambio hay evidentes privilegios para unos y
discriminación para otros. La discriminación puede en casos ser hasta
peligrosa. Por ejemplo tengo entendido, que en esos Estados musulmanes, el ateísmo
está criminalizado, ciertas prácticas sexuales no aprobadas por las autoridades
religiosas lo están también y otras muchas cosas y costumbres, como la plena
ciudadanía de la mujer, simplemente se niegan en una ley formulada bajo la óptica
de un credo específico. Un Estado religioso o confesional simplemente es
contrario a la diversidad de creencias.
Análogamente en nuestra sociedad, grupos religiosos extremos,
pugnan por diferenciar los derechos civiles de personas con preferencias
distintas, por acotar la libertad de las mujeres sobre su propio cuerpo, por
censurar algunas manifestaciones culturales diferentes a su visión del
universo, entre otras cosas.
Cuando los representantes de un Sistema Político actúan demagógicamente
para mimetizarse con las creencias de la mayoría, olvidando o dejando de lado
su deber de representar a las minorías también, entonces el Estado declara,
inherentemente, subordinación a los intereses de una entidad institucional,
extra-estatal y extra-nacional. Un Estado subordinado es un Estado cuasi inexistente;
sus ciudadanos, vasallos de otra ley.
Las sociedades sanas deben saber distinguir con claridad
aquello que es de orden religioso y aquello que es civil. Son realidades que
tienen que estar separadas y delimitadas. No deben ser contrarias para aquellos
que son religiosos, sino complementarias. Para los que no lo son, sana y
pulcramente respetadas. Para los que profesan distintas creencias, deben ser
generadoras de convivencia igualitaria y equitativa, sin importar su demografía.
Cuando los políticos en su puesto olvidan la distancia institucional
(personalmente pueden comportarse como quieran) que deben mostrar ante la
religión, no se están acercando al pueblo, como nos quieren hacer creer, sino
que se están alejando de su deber. Están cayendo en una demagogia peligrosa que
desdibuja los límites de la ley y que traiciona su deber jurado ante la
sociedad. Están protagonizando un fraude, un mal uso de funciones; están
delinquiendo alevosamente.
Yo me quedaré siempre con el pensamiento de aquellos que han
sabido delimitar sanamente los diferentes ámbitos del quehacer, creer y de la
convivencia humana, en orden de procurar limpieza, armonía, igualdad ante la ley,
paz y concordia. El teórico más antiguo que me viene a la mente, que entendió y
predicó la separación entre Religión y Estado, es aquel que dijo: “Dad al cesar
lo que es del Cesar y Dios lo que es de Dios”. A su vez el Religioso más
antiguo que aparece en mi memoria, que entendió esa misma separación, es aquel
que afirmó: “Mi reino no es de este mundo”… ¿Lo habrán leído con cuidado los
políticos mexicanos y el Papa?
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